Hace unos 4.500 millones de años, la Tierra primitiva protagonizó uno de los acontecimientos más violentos de la historia del sistema solar. Un cuerpo planetario conocido como Theia, probablemente comparable en tamaño a Marte, chocó contra nuestro joven planeta y generó los materiales que acabarían formando la Luna.
La hipótesis del gran impacto lleva décadas siendo la explicación dominante. Pero había una pregunta difícil de responder: si Theia era otro mundo, ¿por qué las rocas lunares y terrestres son químicamente tan parecidas?
Un estudio publicado en Science aporta ahora una pista fundamental. Theia no parece haber sido un extraño llegado desde las regiones exteriores del sistema solar. Probablemente era un vecino de la Tierra.
Las rocas de las misiones Apolo guardaban parte de la respuesta
El equipo, liderado por Timo Hopp, analizó con enorme precisión los isótopos de hierro presentes en 15 muestras de rocas terrestres y seis muestras lunares traídas por los astronautas del programa Apolo. También estudiaron 20 meteoritos utilizados como referencias de distintos reservorios de material del sistema solar temprano.
El resultado confirmó algo que ya se había observado con elementos como oxígeno, calcio, titanio, cromo y zirconio: la Tierra y la Luna son prácticamente indistinguibles en su composición isotópica de hierro.
Pero los investigadores fueron un paso más allá.
Los científicos hicieron “ingeniería inversa” de un planeta desaparecido
Theia dejó de existir después de la colisión, así que no hay una roca suya que pueda analizarse directamente.
El equipo utilizó entonces una especie de ingeniería inversa planetaria. Combinó los nuevos datos del hierro con información isotópica de cromo, molibdeno y zirconio para calcular qué posibles composiciones de Theia y de la proto-Tierra podrían haber producido el planeta y la Luna actuales.
Cada uno de esos elementos conserva información de diferentes etapas de la formación terrestre.
Por ejemplo, parte del hierro y el molibdeno originales acabaron hundiéndose hacia el núcleo durante las primeras etapas del planeta. Por eso, el material que hoy permanece en el manto puede ofrecer pistas sobre los últimos cuerpos que se incorporaron a la Tierra, incluido Theia.
Theia probablemente nació más cerca del Sol
Al comparar los resultados con diferentes familias de meteoritos, el escenario más plausible apunta a que tanto Theia como la mayor parte de los materiales que formaron la Tierra procedían del sistema solar interior.
Pero no eran exactamente iguales.
Los cálculos sugieren que Theia pudo formarse más cerca del Sol que la mayor parte del material que acabó construyendo nuestro planeta. Su composición contiene además señales que no coinciden exactamente con ningún grupo de meteoritos conocido, lo que indicaría la existencia de materiales primitivos que todavía no están representados en nuestras colecciones.
El hallazgo no elimina la teoría del gran impacto: la hace más precisa
El estudio no demuestra que la colisión estuviera “destinada” a ocurrir ni que la formación de la Luna dejara de ser consecuencia de un impacto.
Lo que cambia es nuestra imagen de quién era Theia antes del choque.
En lugar de imaginar un planeta procedente de una región remota que apareció inesperadamente en la órbita terrestre, la evidencia favorece un escenario en el que dos mundos vecinos crecieron utilizando materiales similares dentro del mismo vecindario del sistema solar interior.
Después, sus trayectorias terminaron cruzándose.
Y de aquella colisión desapareció Theia, cambió para siempre la Tierra y nació el objeto que todavía hoy ilumina nuestras noches.
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