Las cifras parecen contar una buena noticia: durante los primeros nueve meses de 2026, las pérdidas económicas provocadas por desastres naturales fueron considerablemente menores que el promedio histórico. Sin embargo, detrás de esa aparente tranquilidad se esconde una realidad mucho más preocupante.
Un informe publicado el 29 de octubre por la consultora internacional Aon revela que al menos 53.000 personas murieron en catástrofes naturales entre enero y septiembre, mientras que 42 acontecimientos provocaron daños superiores a los 1.000 millones de dólares cada uno.
El balance muestra que un año puede registrar pérdidas económicas relativamente bajas y, al mismo tiempo, sufrir graves consecuencias humanas y ambientales.
Las pérdidas económicas bajaron, pero los desastres continuaron
Según el informe Global Catastrophe Recap, los desastres naturales ocasionaron pérdidas económicas estimadas en 204.000 millones de dólares durante los primeros nueve meses del año.
La cifra representa una disminución del 31 % respecto del promedio del siglo XXI y constituye el menor total registrado para ese período desde 2015.
Sin embargo, 42 acontecimientos superaron los 1.000 millones de dólares en daños, frente a un promedio histórico de 37.
Las pérdidas cubiertas por seguros alcanzaron los 91.000 millones de dólares, mientras que aproximadamente el 55 % de los daños económicos quedó sin cobertura.
Esto significa que una parte importante de los costos terminó recayendo directamente sobre familias, empresas y gobiernos.

Terremotos devastadores y un calor extremo que dejó miles de víctimas
Uno de los acontecimientos más destructivos ocurrió el 24 de junio, cuando dos poderosos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 sacudieron Venezuela.
Los daños económicos se estimaron en 25.000 millones de dólares, convirtiendo al terremoto venezolano en el desastre individual más costoso del período.
En agosto, otro importante terremoto en Colombia provocó pérdidas estimadas en 9.600 millones de dólares.
Mientras tanto, Europa enfrentó una prolongada combinación de temperaturas extremas, sequías e incendios forestales.
Según Aon, cerca de 40.000 muertes estuvieron relacionadas con el calor, mientras que el 37 % del territorio europeo registró algún récord térmico diario, mensual o estacional.
La sequía también afectó la agricultura, los suministros de agua y la estabilidad de los suelos, con pérdidas económicas superiores a los 14.000 millones de dólares.
El Niño provocó una temporada de huracanes completamente inusual
Otro de los fenómenos más llamativos de 2026 ocurrió en los océanos Atlántico y Pacífico.
Hasta finales de septiembre, el Atlántico no había registrado ningún huracán, una situación que solo se había producido otras tres veces desde 1950.
En contraste, el Pacífico oriental y central experimentó ocho huracanes intensos, incluidos tres de categoría 5, igualando el récord de esas cuencas.
Los especialistas relacionan esta diferencia con un episodio muy fuerte de El Niño, que favoreció condiciones atmosféricas distintas en ambos océanos.
Uno de los ejemplos más impactantes fue el huracán Polo, que alcanzó vientos sostenidos de aproximadamente 285 kilómetros por hora durante septiembre.
Un año con menos pérdidas, pero no necesariamente más seguro
Los datos muestran que el costo económico de los desastres no siempre refleja su verdadero impacto sobre las personas.
Una catástrofe puede causar enormes pérdidas humanas y dejar daños económicos relativamente reducidos si afecta regiones con infraestructuras de menor valor monetario o escasa cobertura de seguros.
Además, el cambio climático está modificando determinados riesgos, especialmente los relacionados con temperaturas extremas, precipitaciones intensas y sequías.
Aunque no todos los fenómenos naturales pueden atribuirse al calentamiento global, comprender sus consecuencias resulta fundamental para mejorar la prevención.
El balance de 2026 deja una conclusión: medir los desastres únicamente por sus pérdidas económicas puede ocultar sus efectos más graves.
Detrás de las cifras también existen comunidades desplazadas, viviendas destruidas y miles de vidas perdidas. Una realidad que demuestra la importancia de fortalecer la preparación y la capacidad de respuesta frente a futuras catástrofes.
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