Durante décadas, una de las explicaciones más populares sobre la evolución humana ha colocado a la carne en el centro de la historia. Acceder a alimentos ricos en energía y nutrientes habría ayudado a nuestros antepasados a desarrollar cuerpos y cerebros cada vez más complejos.
Una nueva revisión científica no elimina esa hipótesis, pero añade otra pieza que históricamente recibió mucha menos atención: los carbohidratos y, especialmente durante las primeras etapas, los azúcares presentes en frutas y miel.
El trabajo, publicado en Science por investigadores de las universidades de Sídney y Glasgow, reconstruye aproximadamente cuatro millones de años de necesidades energéticas para determinar de dónde pudieron obtener los homininos la glucosa necesaria para mantener cerebros cada vez mayores.
Nuestro cerebro creció cinco veces, y había que alimentarlo
La diferencia es enorme.
El cerebro de algunos homininos tempranos rondaba los 300 gramos, mientras que el de un humano moderno puede situarse alrededor de 1.500 gramos. Ese crecimiento implicó también un aumento considerable de las necesidades energéticas.
El cerebro utiliza principalmente glucosa en condiciones normales, pero no es el único tejido que la necesita. Los investigadores incorporaron al modelo las demandas de los glóbulos rojos, riñones y órganos reproductivos, además de las necesidades extraordinarias asociadas con embarazo, placenta y lactancia.
La pregunta era sencilla: ¿cómo conseguían nuestros antepasados suficientes carbohidratos antes de que cocinar transformara la dieta?
Antes de los tubérculos cocidos estuvieron las frutas y la miel
El modelo divide la evolución humana en seis etapas y combina evidencias procedentes de fisiología, metabolismo, fósiles, dientes, isótopos, genética, arqueología y dietas de otros primates.
Su conclusión propone que homininos tempranos, incluidos grupos asociados a Australopithecus, Homo habilis y posteriormente Homo erectus, habrían dependido en buena medida de alimentos vegetales ricos en carbohidratos, particularmente frutas. La miel habría proporcionado otra fuente extraordinariamente concentrada de azúcares cuando estaba disponible.
Más adelante ocurrió otra revolución: cocinar.
El calentamiento hace que los almidones de tubérculos y otras plantas sean mucho más accesibles para nuestras enzimas digestivas. Así, alimentos como ñames y otros órganos subterráneos pudieron adquirir mayor protagonismo como fuentes de glucosa.
Las mujeres y los niños pudieron ejercer una presión evolutiva adicional
La investigación también pone especial atención en algo menos discutido: la reproducción.
Durante embarazo y lactancia aumenta la demanda de glucosa debido al crecimiento fetal, la placenta y la producción de leche. Los niños pequeños también tienen unas necesidades enormes: su cerebro puede representar hasta dos tercios de su metabolismo basal durante determinadas etapas del desarrollo.
Eso podría haber convertido la búsqueda de alimentos ricos en carbohidratos en una cuestión no solo de supervivencia individual, sino también de éxito reproductivo.
Esto no significa que comer azúcar refinada sea bueno para el cerebro
Aquí aparece la aclaración fundamental.
El estudio habla principalmente de fruta, miel y posteriormente alimentos vegetales ricos en almidón, no de refrescos, golosinas o productos ultraprocesados.
Los propios autores recuerdan que los azúcares naturales de la fruta llegan acompañados de fibra, vitaminas, minerales y otros componentes. Tampoco sostienen que la carne no fuera importante: plantean que la evolución humana probablemente dependió de una dieta flexible y omnívora, en la que diferentes fuentes energéticas fueron adquiriendo protagonismo en distintos momentos.
Además, se trata de una revisión y un modelo evolutivo, no de una demostración directa de qué comió cada población hace millones de años.
Pero sí introduce una idea provocadora: el crecimiento del cerebro humano quizá no pueda explicarse únicamente preguntando cuándo empezamos a comer más carne.
También hay que preguntarse de dónde salía toda la glucosa necesaria para mantenerlo funcionando.
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