Un bebé no recibe espacios entre las palabras cuando escucha hablar a sus padres. Su cerebro tiene que descubrir dónde termina una unidad y empieza la siguiente detectando qué sonidos suelen aparecer juntos y cuáles rara vez lo hacen.

Algo sorprendentemente parecido podría estar ocurriendo cuando un pequeño pájaro aprende a cantar.

Un estudio publicado en Science Advances analizó el desarrollo del canto de la isabelita de Japón o Bengalese finch (Lonchura striata domestica) y encontró que sus vocalizaciones terminan organizándose según principios estadísticos parecidos a los observados en el lenguaje humano y, recientemente, en las canciones de las ballenas jorobadas.

El lenguaje humano tiene una estructura matemática escondida

En cualquier idioma existen palabras que usamos constantemente y otras que aparecen muy pocas veces.

Si ordenamos esas palabras desde la más utilizada hasta la más rara, aparece aproximadamente una relación conocida como ley de Zipf: unas pocas unidades son extremadamente frecuentes mientras que existe una enorme cantidad de unidades poco comunes.

Además, el habla presenta fuertes probabilidades de transición. Dentro de una palabra determinados sonidos suelen seguirse con mucha frecuencia, mientras que la probabilidad disminuye cuando se cruza hacia la siguiente palabra.

Nuestro cerebro aprovecha precisamente estas regularidades para aprender a segmentar el habla.

Hasta hace poco se pensaba que esta combinación de propiedades podía estar especialmente ligada al lenguaje humano. Pero en 2025 un estudio publicado en Science encontró una estructura estadística comparable en las complejas canciones de las ballenas jorobadas.

Pájaros, ballenas y humanos comparten una sorprendente regla matemática para comunicarse
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Los científicos siguieron a seis pájaros mientras aprendían a cantar

El nuevo trabajo permitió hacer algo prácticamente imposible con las ballenas: observar cómo aparece esa estructura durante el aprendizaje.

Los investigadores siguieron a seis machos jóvenes de isabelita de Japón desde aproximadamente los 60 días de edad hasta los 120 días, cuando sus canciones alcanzan una forma adulta más estable.

Las grabaciones se realizaron periódicamente mientras los pájaros aprendían sus cantos escuchando a un tutor adulto. Posteriormente, el equipo aplicó herramientas estadísticas similares a las utilizadas para estudiar la adquisición del lenguaje infantil.

En lugar de decidir de antemano qué conjunto de sílabas equivalía a una unidad, buscaron caídas en la probabilidad de que una sílaba siguiera a otra.

De esta manera pudieron dividir las canciones en secuencias estadísticamente coherentes.

Las secuencias siguieron un patrón parecido al de las palabras

Cuando los investigadores analizaron con qué frecuencia aparecía cada una de esas unidades, encontraron una distribución similar a una ley de potencias cercana a la observada en el lenguaje humano y el canto de las ballenas.

Además, las unidades frecuentes tendían a ser más cortas mientras que las largas aparecían menos, otro patrón relacionado con las regularidades de Zipf.

Lo más interesante fue cuándo apareció.

La estructura ya podía detectarse en los primeros cantos juveniles, todavía imperfectos, y se fue haciendo más definida conforme los animales aprendían y sus canciones se acercaban a las de los adultos.

Eso no significa que los pájaros estén hablando

La semejanza tiene un límite muy importante.

Una secuencia de canto de una isabelita no equivale a una palabra con significado humano. Los pájaros utilizan sus canciones principalmente en contextos sociales y reproductivos, y el lenguaje humano posee capacidades semánticas y sintácticas muchísimo más complejas.

El descubrimiento apunta a otra cosa.

Humanos, ballenas jorobadas y aves cantoras están separados por enormes distancias evolutivas, pero los tres aprenden sistemas vocales transmitidos socialmente entre generaciones.

Los investigadores plantean que esa transmisión cultural podría ejercer presiones similares: para que un sistema complejo resulte fácil de aprender y recordar, determinadas estructuras estadísticas pueden emerger una y otra vez.

La conclusión no es que pájaros y ballenas posean lenguaje humano. Es quizá más interesante: algunas de las reglas matemáticas que creíamos propias de nuestra manera de hablar podrían ser soluciones generales que la evolución encuentra cuando un animal tiene que aprender una comunicación compleja escuchando a otros.

Fuente: Infobae.

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